Ese era el nombre del tío viajero de Fraguel Rock. No hace falta que explique una vez más que recorrer nuevos caminos, o incluso redescubrir los ya caminados, es una de mis pasiones, incluso, podría decirse, es una droga a la que me resulta imposible desengancharme.
Y es que para mi los viajes no comienzan y terminan en un aeropuerto, ni mucho menos. Los viajes siempre comienzan con una idea (aunque parezca increíble, en este aspecto, tengo un montón) que empieza a rondarme la cabeza, una idea que normalmente deriva en horas y horas de recabar información, de buscar lo sorprendente, de darle la vuelta a lo simple, de conocer lo suficiente antes de moverme de mi cómoda silla en Bilbao para perturbar en lo más mínimo la autenticidad de aquello que está por ver. Una vez con la bola de nieve tomando forma en mi denostado cerebro el siguiente paso, por norma general, suele ser buscar uno o varios Sancho Panzas, de los que no combaten sino que comparten las locuras de Don Quijote, que quieran caminar sin temor hacia los desconocidos molinos que nos esperan.
Luego están mil trámites, horas de peleas con mochilas en las que no quieren entrar todas las cosas que uno quiere llevarse y otros engorrosos asuntos que ayudan a darle un toque especial al camino por recorrer, y, antes de partir, y como paso más importante, enfundarse la sonrisa y los ojos de niño para que cada imagen rebose de ilusión y quede grabada imperturbable en la retina, porque un viajero sin ilusión ni es viajero ni es nada.
Y en esas estamos, a una semana de llegar a ese trivial aeropuerto, pero con los ojos, la sonrisa y los sueños ya puestos en el camino que se nos presente...

