Lo cierto es que todavía no se si sus aires son buenos o malos, pero sin duda están cargados de nostalgia. Y es que si hay una palabra que defina a esa megalópolis mezcla de locura, caos y dulzura llamada Buenos Aires es nostalgia.
Ciertamente desde que tengo conocimiento he sido una persona nostálgica, recordar los buenos momentos y los paisajes del camino siempre y cuando no te encierres en ellos me parece una forma muy sana de dar forma a caminos y paisajes futuros.
La cuestión es que últimamente, con tanto frío y tanto gris, como que la cabeza a uno se le va, y no a un par de manzanas sino a miles de kilómetros, se le va a calles con sabor a tango, al aroma del asado entremezclándose con el tráfico infernal de la 9 de julio. La cabeza se va y se pierde en el mercado de San Telmo, se va a darse un paseo por Caminito, a escuchar un bandoleón en el Tortoni. La cabeza se va a cálidas noches en Palermo, a brindis con Quilmes y a amistad eterna, se va a ese lugar en el que nos hicimos eternos junto a una guitarra desgarrando los acordes de una canción de Silvio, se va al lugar que es despedida y bienvenida al mismo tiempo, a ese sitio que espero que, algún día, pueda llenar contigo de nuestras propias nostalgias…
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